domingo, 2 de noviembre de 2014

¿La vida no vale nada?

En México los días 1 y 2 de noviembre, los pueblos de todo el territorio festejamos a la muerte, visitamos las tumbas, ponemos altares, preparamos alimentos, les llevamos música, y cubrimos de flores a nuestros muertos, rezamos, cantamos y lloramos al recordarlos.

Algo atraviesa nuestro ánimo por estas fechas cuando miles de familias no saben donde están sus muertos y muchas otras no saben ni siquiera si sus desaparecidos y desaparecidas viven. 

La muerte impuesta
Lo que vivimos en México es el rostro perverso de un sistema de muerte muy bien estructurado para hacernos creer que la vida humana no vale nada, y lo vemos cada día en el niño que puede “halconear” fuera de su escuela el tránsito de posibles enemigos o posibles víctimas de secuestro o extorsión, o, de un chico de secundaria que por 50 pesos puede dar la dirección y el teléfono de su compañera que sea secuestrada, o, del joven con aspiraciones de sicario que por 500 pesos acompaña una ejecución, o, del que por menos de 5,000 consigue un arma lista para matar. En este entramado, quienes operan para que esta situación prevalezca saben bien de donde vienen y a donde van, nada sorpresivo hay en que los gobiernos estén coludidos con la delincuencia, de otra manera ¿podría haber sido posible?

Este sistema de muerte quiere que perdamos la razón entre la pobreza, la indiferencia, el odio y el miedo. 

Nos quieren hacer creer que la vida no vale nada cuando es más costoso sacar las cuerpos de los obreros enterrados en una mina que ofrecer indemnizaciones a las familias, cuando lo mas que hay frente a un derrame de químicos tóxicos en los ríos que alimentan la vida en las comunidades de Sonora son amonestaciones morales o mínimas sanciones a las empresas, cuando hay cientos de defensores y defensoras del territorio expulsadas de sus comunidades, exiliados, encarcelados o asesinados mientras más y más hectáreas del territorio son concesionadas para incentivar el desarrollo económico.

Nos quiere hacer creer este sistema de muerte que el territorio y lo que en el habita no es nuestro.

Nos aferramos a la vida
Guerrero no es un panteón, es un territorio donde convergen los pueblos luchando desde diversas trincheras, con la fuerza que solo la vida da, que no sobrevivencia sino amor a la vida que nace de tierra, maíz, café, coco, jamaica, plátano y de lenguas diferentes y de cantos y bailes, de tesón y tesudez, de formas de organización comunitarias ancestrales y recientes, que buscan lo suyo, lo propio que no atente contra la vida. 

No aferramos a la vida, cada vez que se descubre la muerte forzada. 
Nos aferramos con rabia para surgir a la vida, siempre a la vida.
Nos aferramos a la vida para festejar con dignidad a la muerte.

Si vivos se los llevaron, deseamos y necesitamos que los muchachos de la montaña y costa de Guerrero regresen a sus familias y comunidades a construir la vida.

Centro de Estudios Ecuménicos 
2014, México 

 

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